jueves, 26 de abril de 2012

Ese gesto!


Ana Cristina Restrepo Jiménez (Que la cara no engañe, ella sonríe). Foto robada de Google.
Amores son todos: los inocentes, los ingenuos, los profundos, los apasionados, los que duelen, los que hacen reír y los que hacen llorar. También fueron amores los de colegio. Por ejemplo, todo estudiante del Colegio Calasanz de Medellín (en aquella época masculino) -finales de los 80 y todos los 90- recuerda con una risa pícara a Ana María, la psicóloga.

Yo no fui exento de tragarme de ella también, pero si puedo recordar con cariño mi verdadero amor (platónico) de profesora-estudiante fue en la universidad. Cuarto semestre de Comunicación Social en la UPB. Materia: Entrevista. Profesora: Ana Cristina Restrepo. Recia, mala clase, sonrisa escasa y siempre entraba al salón tomando Milo.

Ana Cristina es la profesora con más pelotas que he tenido en la vida, quizás por eso me gustaba tanto. Por eso y por un gesto que hacía con la boca cuando se emputaba –realmente era cuando hablaba, pero parecía que siempre estuviera brava-. Pegaba los dientes como niña mimada y torcía los labios cuando iba a hablar. Al hacerlo, no solo hablaba como digna exalumna del San José de las Vegas, si no que a cada frase le agregaba un siseo que a mí, personalmente, me encantaba.

Fuera del juego de roles de profesora y alumno alcancé a conversar un par de veces con ella y comprobé que por fuera de ese personaje había una pelada muy bien puesta en sus pies y con una sonrisa matadora que, además, también venía con el mismo ademán de la boca. Genial.

Se casó Ana Cristina cuando estábamos en pleno semestre. Supongo que en el momento de decir “Acepto” en la boda –para mí todas las bodas tienen ese momento- dijo “Sí” pegando los dientes, torciendo la boca y, de manera imperceptible, sonriendo. No estuve ahí para verlo, pero quiero imaginar que así lo hizo.

Yo creo que estaba tan tragado que hasta las pequeñas imperfecciones me gustaban. Digo esto porque, por más que indagué, ninguno de mis compañeros parecía notar lo que para mí era tan obvio. Ellos preferían hablar de otras mujeres. Más lindas, sí, pero ninguna con esa gracia tan particular en la boca cuando hablaban.

Me gusta fijarme en vainas que pocos ven. Tengo una novia hermosa, la que, siempre que hacemos el amor, logra hacer con su boca el gesto más sensual del mundo. Nunca lo hace cuando hablamos normalmente, por más que le pida que lo haga. Solo le sale en ese momento. Ella dice que también hago una cara, dice ella –reitero-, que la tilda. La verdad, no tengo la menor idea de qué cara hago, pero me gusta que disfrutemos esas cosas que son tan nuestras.

Te has puesto a pensar alguna vez qué tiene tu novia o tu novio de especial, algo que hace y que solo tú te has dado cuenta? Lo disfrutas? Te has dado cuenta que eres privilegiado/a por eso?

Me gusta conversar con la gente. Es de mis actividades favoritas. Me gusta saber qué piensan de la vida, cuál es su historia, qué los motiva o simplemente, hablar por hablar. Y me gusta descubrir sus tics, los gestos que tienen.

Los tímidos como yo, por ejemplo, solemos jugar con las manos, meterlas en los bolsillos o entrelazarlas. Las mujeres suelen jugar con el pelo si se sienten incómodas. Hay quienes no pueden contar una historia sin actuarla; y los extremos de estos prefieren el contenido simple, sin tanto teatro.

En teatro, justamente, llamamos a esos movimientos tan típicos y tan propios “movimientos parásitos” y, se supone, debemos trabajar hasta el cansancio por dejarlos en el camerino y que no salgan nunca a escena. Personalmente, disfruto cuando me acompañan al escenario. Me ayudan a ser más yo, más auténtico, más creíble. No sé si lo logro, pero al menos creo que así puede ser.

Ayer volví a ver a Ana Cristina, más madura, más grande, más esposa -supongo que sigue casada- y, lo reconozco, más amable. La vi en televisión, en un programa de Teleantioquia llamado El Colectivo. Ya la había olvidado, la verdad, pero cuando dijeron su nombre, antes de mandar la nota, me quedaron dando vueltas en la cabeza esas palabras: A-na-Cris-ti-na-Res-tre-po.

Al verla sonreí y de inmediato recordé quién era e, instintivamente, busqué ese gesto que tanto me gustaba. Y lo mejor de todo es que ahí estaba, no se había ido, a pesar de estar más madura, más esposa y menos mala clase. 

Después de escribir estas líneas busqué en Google una foto de ella, para que la conozcan. Creo que su cara me da un poco la razón y me entenderán por qué fue mi amor estudiantil. 

La esencia no se pierde


1 comentario:

  1. ...esos gestos mínimos, ese todo compuesto de asuntos imperceptibles, ese amor que se pronuncia en los silencios.
    Un abrazo Alejo, celebro tu blog.

    ResponderEliminar