lunes, 26 de junio de 2017

Escribo esto para darme palmadas en el hombro. Para darme un consuelo, quizás. Para decirme “también vos, fresco”. Escribo esto para decirme que no todo está mal, que se falla pero es parte de la ruta. Escribo esto para pelear conmigo mismo, para ser ese lado que cree, que aún ve luz, que sabe que no todo está perdido. Ni siquiera uno mismo. Escribo esto como represalia a ese otro personaje que me habita y que se ha rendido. A ese que decidió ser el ateo de ese dios que que es él mismo. Escribo esto para no reprocharme si fallo, para pedir perdón por haberlo hecho, para no regañarme si he lastimado y en vez de señalarme, mostrar la herida y comprender el daño y aprender y corregir. Ya ese otro me dio palo, me dijo mediocre, inepto, ridículo y patético. Ya ese otro ha hurgado mucho en la herida y ha disfrutado el dolor. Ya lloré. Escribo esto para entender que defraudarse a uno mismo es posible, pero no es el final. Escribo esto con una mano buscando paz mientras la otra mano la muerde. Escribo esto para sanar las encías sangrantes de esa otra mano. Escribo esto porque si no me siento hoy al teclado seguramente dejaría que hablara el otro y ya estoy cansado de escuchar su rabia, sus palabras que arden. Escribo esto desde la orilla calma, desde el mar tranquilo, desde el viento que limpia y mientras escribo tiemblo y me sacudo. Escribo esto porque es doloroso, porque hay pasos que buscan la cuneta, porque uno se dobla pero no se quiebra. Escribo esto para parar en la ruta. Mirar el paisaje y buscar lo lindo así sea un chiquero lo que esté al frente. También vos, fresco.

miércoles, 29 de marzo de 2017

No toda soledad es abismo aunque quieras saltar. Fallo, nuevamente fallo. Pareciera que soy un ser que reparte desgracias, de estar en la casa del lado donde sucede eso de estar en el lugar correcto a la hora correcta. Estar ahí y mirar por la ventada y pensar que otra vez no fue. Un fiasco dirían unos. El cuerpo más liviano que el espíritu y eso que sentís que no podés moverte. Que duele pensar. No hay lágrimas que salen, solo pensamientos, ideas. Un abismo al frente. Ideas. Das vueltas y no te has movido un ápice. Sos un clavo mal clavado que ensucia la pared y te usan para colgar cualquier cosa menos el cuadro más valioso porque saben que no podrás con él. Vos sos capaz con ese cuadro y lo sabés pero nunca te pedirán que lleves ese peso. Te miran de reojo. Más temprano que tarde cederás o causarás un daño. Alguien que cruce cerca se lastimará pero nadie entenderá ni se preguntará por qué estás chueco, por qué quedaste así. A vos ya se te olvidó. Te volviste vos mismo un lugar olvidado por el que no quisieras transitar. Pesa todo: la oportunidad ida, la valentía que no llegó. No resultaste tan fuerte como creías, como pensaron de vos, como te dijeron. Ya lo crees. No te da el ánimo. Rasgas la camisa del que acaba de pasar. Lo hieres, ves su sangre. La cagaste otra vez. Otra y otra. No quería, no fue mi intención, pero lo hiciste. Y ahora te dicen que por eso la casa está chueca, porque el cuadro iría en esa pared pero vos no podés con él, como sí pudieron en otras partes. Lástima. Lástima, esa palabra que odias y que te sobrevuela como buitre. Te da asco porque la sentís propia, como si fuera tu apellido. Lástima, lastimas. ¿En qué momento pasó todo? Nada, no sabes, hay ideas sueltas pero no has podido organizar el reguero. El suelo está lleno de ideas que dejaron de volar. Se les acabó el impulso y aterrizaron de mala gana; algunas se despedazaron al caer, otras terminaron debajo de un reblujo que nadie ha recogido, otras pocas aún viven. Te miran como buscando en tus manos otro impulso. Impávido, lívido, te domina lo que no pudiste dominar y te amarra y se te ríe en la cara y te reta, pero no sos Rocky, ni Mr. T, ni Van Damme ni ninguno. Ya dejaste de brincar frente al televisor emulado a esos otros. Otra mentira para tu lista de mentiras: las que creaste y las que recibiste, que fueron tantas que las organizaste por temas, por años, por personas, por situaciones, por sentimientos, por sensaciones, por ciudades, por trabajos, por güevón, por solo, por ingenuo, por abstraído, por confiado, por iluso, por imaginativo, por demorarte en abrir los ojos. Fue tarde, hermano, muy tarde. Ya no te da. Sos una maraña de impulsos que para vos son todo y afuera no son nada. Mírate acá escribiendo otra vez con rabia porque dejaste de hacerlo cuando te asustaste ese día. Vive en vos algo, y ese algo se fue ahogando. Cae. Salta. Deja de sostenerse. Pierde la fuerza. Again and again y vas y vas acumulando esfuerzos vanos. Miras desde la pared y ha cambiado la casa y quisieras irte para esa esquina que nadie se detiene a detallar. Allá estarías bien, sin hacer daño, sin que te lo hagan o sin que te lo hagás, que se te volvió rutina. Ruina. Sos un clavo mal clavado. 

miércoles, 11 de febrero de 2015

Bogotá

Después de haber vivido 5 años en Bogotá comienzo a preparar mi regreso a mi tierra: Medellín. La razón es simple: en mi trabajo no me renovaron el contrato y no me quiero quedar como desempleado en la capital. Ya sé que tengo talento, ya sé que puedo buscar y que acá las oportunidades son muchas más que en otras ciudades, pero la verdad es que creo que mi dosis de Bogotá fue suficiente.

He leído últimamente muchos artículos que hablan de Bogotá y su lastimosa realidad y aunque quisiera hacerme a un lado de éstas o evitar caer en la posición de “al caído, caerle”, quiero decir unas cuantas cosas que, de verdad, me generan tristeza al ver lo que está pasando en la otrora “única ciudad de Colombia”, como aún escucho a varios bogotanos definirla.

Para comenzar, el problema de Bogotá es uno solo: la gente. Y por gente me refiero al bogotano, al paisa, al costeño, al caleño, al pastuso, al opita, al santandereano, al llanero, al boyacense, a todos los que vivimos acá. Bogotá cayó en el más triste de los egoísmos, del “primero yo, segundo yo y tercero yo”. Es la ciudad del interés personal y de la excusa para justificar las malas costumbres. Que es “una ciudad que no es de nadie porque la mayoría viene de afuera”, dicen; “provincianos” nos llaman en un intento humillativo por recordarnos que no somos de acá, que no nacimos en la “única ciudad de Colombia”. Y esa se volvió la excusa perfecta para poder tirar una basura al piso, para acelerar cuando el carro de adelante pone la direccional, para irrespetar al peatón o al ciclista que –en cualquier parte del mundo menos acá- son prioridad en la vía. Es que es una ciudad que no le duele a nadie. Tristemente tampoco le duele al bogotano.

Es verdad, Bogotá no le importa a nadie. Se la roban en las narices y nadie dice nada –construcciones que demoran años y cuando las terminan resultan defectuosas, mal diseñadas o, lo que es peor, se desploman-. Atracadores que ni siquiera amedrentan con sus armas sino que van directo al daño –las noticias dicen que en un intento de robo, pero la verdad es que los atracadores llegan apuñalando sin mediar palabra, sin que la víctima siquiera oponga resistencia-. Caos vehicular a cualquier hora del día –se habla de un promedio de velocidad de 6 KPH, 6!!! Parece una leyenda urbana, pero no: en Bogotá salir a hacer una vuelta que debería durar media hora puede llevarse toda una tarde-. La inseguridad, el caos, la violencia, las agresiones, la desigualdad, la sinvergüencería, los altos precios, el matoneo, el esnobismo, los chanchullos, etc. Pareciera como si cada cosa mala que sucediera tuviera en la capital su representante. Y no estamos lejos de eso.

Pero de nuevo, todo esto lo hace la gente.

No es una vaina de alcaldes únicamente. Esto no se resuelve porque llegue un ultraderechista, ni porque a un tipo honesto le dé por enseñar con payasos y mimos que las cebras se respetan y los peatones deben cruzar por las esquinas cuando el semáforo peatonal esté en verde. No somos personas –quiero creer- que necesiten que les digan que deben hacer el bien para hacer el bien. Ni tampoco se va a salvar porque aparece a último momento un nuevo alcalde que dice “No más!”. Ya estamos muy grandecitos como para creer en salvadores. Esa excusa no sirve.

La realidad de Bogotá es que cambiará el día en que las personas comprendan que son ellas las responsables del cambio –al menos una parte enorme e importantísima-. Y ese día está lejos. Muy lejos.

Hay un cuento –creo que budista- que dice algo así:

“Sucedió que en un pueblo, el hijo de un señor muy importante fue capturado robando. El pueblo rápidamente reaccionó y buscó a su padre para que fuera la persona encargada de castigarlo. Cuando el señor llegó le preguntaron qué castigo le impondría a su hijo, pero el señor contestó:

´Por ahora ninguno´

Los habitantes del pueblo quedaron desconcertados. El señor retomó:

´Antes que castigarlo a él por lo que hizo, tengo que castigarme a mí por lo que hice´, dijo. ´Si mi hijo falló fue porque yo fallé en algo y primero tengo que saber qué fue lo que estuvo mal de mi parte´”

Señalar siempre es sencillo: es que los del Polo acabaron en diez años con todo. Es que los de afuera vienen acá a hacer lo que les da la gana. Es que los bogotanos son unas personas frías y desconfiadas y groseras. Las excusas ahí están. Llevamos usándolas toda una vida y no han solucionado nada.

Esta semana me senté en la sala de mi casa y me puse a pensar en los últimos 5 años de mi vida. En el estrés que me generó esta ciudad. En las veces en que mis propios colegas me robaron el trabajo con jugadas indecentes. En mi último trabajo en una famosa emisora y en cómo se acabó –nunca me dijeron las verdaderas razones-. En las veces que me enfrenté casi que a los golpes con los conductores que me tiraron el carro mientras yo caminaba. En el señor que envenenó a mi perro solo porque no le gustan los animales. En mi vecina que echó aceite de motor en un muro para que la gente, a pesar de estar cansada, no tuviera dónde sentarse para esperar el bus.

Alguien me decía: “es que así funcionan las cosas” y yo insisto que no. Así no funcionan las cosas. No está bien robar, así sea poquito. No está bien hacer el daño, así no duela. No está bien en ser el vivo solo porque hay un bobo que complemente el par.

Nos hicimos un daño gigante al venerar la cultura del avivato. De la plata fácil. Del mínimo esfuerzo. Del “es  mejor ser rico –y lindo- que pobre –y feo-“. Y lo peor es que no nos hemos ido de ahí. Seguimos creyendo que ese es el camino. Solo que esperamos que en un golpe de suerte seamos nosotros los que ganemos. Egoísmo, así se llama eso.

Usted también la caga cuando acelera si el de adelante pone la direccional. Usted la está embarrando cuando llega a su casa a las 3 de la mañana a poner música. Usted también es responsable cuando se burla a escondidas de un compañero porque es gay o porque es pobre. Usted también es el culpable. Insisto, esto no es de alcaldes.


Piense, como el padre del cuento, en qué falla usted y qué puede corregir.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Chepe





De todos los billetes, el que más me gustaba era el de 200 pesos. No recuerdo si era el más grande o si había uno de 500 pesos, pero sí recuerdo que su color verde era el más llamativo para mí. El de 100 pesos era bonito, con tonos naranja y amarillo. El de 50 pesos era morado, o así lo tengo archivado en la memoria. El de 20 pesos lo recuerdo muy poco. Pero el de 200, el verde, era mi favorito. Me gustaba su olor a billete y su rigidez de papel moneda nuevo. Mi abuelo los guardaba en separadores de madera y nosotros entrábamos a su oficina y los cogíamos como si nos pertenecieran. Cuando digo nosotros me refiero a mi hermana, mi hermano y yo.

Tendríamos unos 8, 5 y 3 años (yo en el medio) y mi abuelo nos alcahueteaba el desorden que le armábamos. Al final, a la hora de irnos, nos regalaba de a billete para cada uno –por lo general de 20 o de 50 pesos, que él mismo reponía de su bolsillo- y salíamos de su oficina en el centro, en la sede de “Inversiones ganaderas” -en la que manejaba la contabilidad o era el gerente, no recuerdo bien-.

Los abuelos no trabajan. Ellos van a jugar a ser adultos hasta que sus nietos llegan a visitarlos, entonces recuperan algo de lo que fueron hace muchos años y por un momento se olvidan que entre ellos y sus nietos hubo hijos que crecieron, molestaron, salieron en primeras citas, se enamoraron, se casaron, se fueron de la casa y trajeron otros hijos. Entonces vuelven a ser hijos, pero con más años, menos pelo y más alcahuetas.

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Mi amor por el maní no tiene fecha ni primer recuerdo. Desde que tengo uso  de razón me han gustado los frutos secos. Un paquete de maní es un placer que cae bien a cualquier hora. Y hablo del maní, así, simple, a secas. No de las miles y un mezclas que existen hoy en día: con nueces, con almendras, con dulce, con arándanos, con pistacho, etc. Esas nueces elegantes llegaron muy tarde a mi paladar. Mi amor por el maní nace desde el amor simple.

Pero como todo amor, tiene sus momentos amargos. Muy amargos.

Con mi abuelo era muy normal salir de viaje, sin importar a dónde. Cualquier sábado por la mañana nos levantaba y nos decía que teníamos que ir con él. La verdad, no era problema, porque sabíamos que fuese lo que fuese, el viaje incluiría carretera. Mi asociación abuelo-carretera es tan normal como natilla-buñuelo.

Apenas teníamos tiempo de arreglarnos y salíamos de viaje hacia cualquier lugar, más que todo en el suroeste, de donde era él: jericoano como ninguno. Si pienso en la definición de antioqueño (y no estoy exagerando) siempre la primera imagen que me viene a la cabeza es la de mi abuelo: un tipo alto, gordo. De camisa bien planchada, poncho al hombro, sombrero y carriel de piel de nutria.

Subíamos a una camioneta Toyota Land Cruiser de las viejas. Roja con techo blanco. Adelante iba mi abuelo manejando, por lo general acompañado de algún amigo y atrás nosotros sentados en unas sillas que fácilmente rompían cualquier protocolo de seguridad. Con unas ventanas que apenas se podían abrir y una incomodidad que la infancia no registra con rencor aunque pasen los años.

Si los viajes eran al suroeste habían varias paradas obligadas: arepas de chócolo hechas en molde por los lados de la variante de Caldas. Luego los dulces en cualquier lugar que se atravesaran y más adelante parábamos en algún estadero a tomar Uva Lux con arepas redondas con mantequilla. Luego seguíamos derecho hasta donde fuera el destino del viaje. Y fue justo en uno de estos paseos con el abuelo cuando tuve mi amarga experiencia.

Recuerdo que llegamos a una finca. En algún lugar. En alguna parte. No recuerdo muy bien. Recuerdo, eso sí, que tan pronto llegamos mi abuelo se fue a hablar con el amigo con el que había hablado toda la carretera y nos dijo “tengan cuidado”. Mi abuelo era un tipo de pocas palabras. A veces menos que las justas. Si pudiera juntar todas las veces que lo escuché hablar, no alcanzaría para hacer media hora continua de diálogos sueltos.

Yo hice caso a sus palabras e interpreté “vayan por ahí y ahorita nos vemos”, así que me dirigí a conocer el lugar. Si cierro los ojos recuerdo un camino de rieles por el que me fui caminando en medio de árboles y pasto bastante montado. Al fondo se oían una quebrada un tanto crecida y más al fondo un barullo de personas, probablemente los trabajadores de la finca. Si digo que sentía tranquilidad, no miento; y fue mucho más fuerte cuando me descubrí ante lo que para mí era el paraíso: un campo lleno de maní, solo para mí.

Cuando digo campo puedo estar exagerando, pero la emoción mezclada con la imaginación infantil me llevan a pensar en eso. Realmente era mucho maní expuesto sobre unas lonas. Nadie a la vista. Todo para mí. Como buen niño glotón corrí a comer lo que más pudiera, así que de entrada tomé un primer manotazo –lo que pudiera agarrar con la mano- y me lo mandé a la boca.

Mi abuelo era un buen negociante –virtud que heredó a la perfección mi mamá y 2 de los 3 hijos de ésta: mis hermanos-, pero así de buen negociante también lo era con su corazón. Cuentan mis tíos que fue dueño de muchas propiedades en Jericó (hoteles, apartamentos, edificios, etc.) pero al primer asomo de caridad con alguien necesitado no dudaba en desprenderse de lo que fuera para ayudar a quien pudiera.

En su recorrido por las aventuras de los negocios manejó hoteles, bancos, crió animales y se interesó en el prometedor negocio del café. En el suroeste buscó sin éxito hacerse a alguna finca para sembrar los pequeños arbustos del grano con el que se prepara la bebida insigne colombiana. Frutos que se recogen maduros, se llevan al cebadero. Se lavan, se pelan, se dividen en dos y se ponen a secar al sol. Para que sepan y huelan a café necesitarán ser tostados; antes de eso son solo simples frutos muy amargos que divididos en dos tienen forma de maní.

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En la casa de mi abuelita siempre se comía bien. Uno de mis mayores placeres era entrar a la cocina y abrir la nevera a ver qué me encontraba. Eran otros tiempos y otras recetas. Personalmente mis favoritos eran el ají que ella preparaba, las arepas que hacía con su máquina de moler y el dulce de vitoria, una especie de calabaza que conocí en su estado natural en una finca en un pueblo a una hora de Medellín llamado La Unión. Mi abuela cocinaba la vitoria con panela y azúcar durante una hora y luego esperaba a que se fuera secando. Cuando se enfriaba se servía en una taza grande y se le agregaba leche, nada más. A ratos siento lástima por aquellos que no saben lo que son estos postres; que no han comido mazamorra, mielmesabes, cortado de leche y el mismo dulce de vitoria.

A pesar de todo eso, si había un momento en el que era totalmente feliz, era cuando mi abuelo regresaba del trabajo y traía una caja amarilla con franjas rojas: era pollo frito Frisby.

Mucho antes de volverse un pollo frito famoso, antes de su pegajosa canción y su inolvidable eslogan, el pollo Frisby era un placer que disfrutábamos en la casa sin razón aparente. Muchos años después supe que existía una tradición bizarra en Antioquia y era que cuando los papás habían estado bebiendo llegaban con un pollo a la casa para contentar a sus esposas. No puedo asegurar que mi abuelo lo hubiera hecho o que simplemente lo llevara porque siempre fue un tipo de manos amplias y sueltas al que le gustaba regalar lo que pudiera, así muchos se aprovecharan de ello –incluidos sus nietos-.

Me cuenta mi mamá que este domingo, dos días antes de que muriera, se sentaron a conversar en mi finca y el abuelo preguntó:

-          ¿Qué día es?
-          30 de noviembre
-          Ve, no me han pagado la pensión

Efectivamente la pensión se la habían pagado, pero como siempre sucedió con él, ya se la había gastado; no en él, sino en las personas que pasaban por la puerta de su casa y le pedían que les ayudara con alguna cosa.

Su bolsillo era un flujo constante. Sus hijos y sus nietos se lo llenábamos para que no se sintiera pobre y él lo iba entregando a quienes le pedían.

Alguna vez mi hermano lo acompañó a reclamar su pensión al centro y, cuenta mi hermano con su maravilloso sentido del humor (que yo nunca alcanzaré a tener), que tan pronto lo veían llegar a la ventanilla corrían hacia él montones de personas a supuestamente ayudarlo, pero cuál ayuda si lo que hacían todos esos vivos era quitarle en inmerecidas propinas y falsas ayudas lo que el viejo recibía mensualmente por su trabajo de toda la vida.

Puede que no hayamos sido ricos, o que lo fuimos y no nos dimos cuenta, o que lo fuimos y nos dimos cuenta pero también vimos cómo esas épocas boyantes se fueron yendo en manos de personas que buscaban al abuelo.

Afortunadamente yo era muy niño para entonces, lo suficiente para no saber que el pollo asado o frito era un manjar de familias pudientes (faltaba mucho para que dejara de serlo y perdiera su estatus) y me ponía feliz cada que mi abuelo llegaba a la casa con una caja de Frisby, porque “nadie lo hace como Frisby lo hace”.

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El abuelo envejeció sin darme cuenta. De un momento a otro ya no iba a trabajar. Ya no había paseos en camionetas al suroeste, ya no había pollo en la casa. Éramos nosotros los que íbamos a recogerlo y se sentaba en el puesto del pasajero a mirar el paisaje. Rara vez hablaba, rara vez reía. Solo hacía esto último con mi hermano y sus geniales apuntes o con mi tío Jorge, hermano de mi papá y que adoró a mi abuelo como si hubiera sido su propio padre. Ayer se reencontraron allá, en algún lado donde no hace frío, y seguro Jota les volvió a contar a mi abuelo y a Yui alguno de sus chistes y ellos se abrazaron y rieron. Quiero creer eso, por muy cursi que suene.

El abuelo envejeció, pero no se hizo más débil. Quizás un poco más astuto y un poco más aprovechado de su condición de hombre mayor, de patriarca. Hasta su agudo sentido para los negocios se encendió con la edad y con un poco de inocencia, como aquella vez que compró un revólver para luego venderlo más caro. Para él el concepto de “porte ilegal de armas” era algo que no podía tocarlo y hasta podría sonar un poco divertido. Sus tiempos eran otros y los años que a todos nos llegaron a él solo lo atacaron en lo físico. En el fondo era un niño inocente que creía en la gente.

Una tarde que llegué a visitar a mi abuela la vi cosiendo como siempre sentada junto a la ventana y allí, en el marco de la misma, 6 balas secándose al sol y un revólver a su lado. Una viejita de casi 80 años en esas. Cuidado te roban el hilo, le dije por molestar y ella me respondió que José –mi abuelo- le había dicho que había que secar las balas al sol para que no se dañaran. No sé de dónde habría sacado esa historia.

Mi abuelo envejeció ante mis ojos y solo me di cuenta cuando ya era viejo

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Quizás fui más apegado a mi abuelita. De pronto ella era más cariñosa conmigo. De pronto para reponer el cariño que el abuelo nunca me compartió para mí solo, como si lo hizo con mis hermanos.

Tengo un triste recuerdo que aparece siempre que pienso en el abuelo. Es el único lunar entre tantas cosas buenas, pero como no hemos perdido ese vicio estúpido de ver lo malo mil veces más grande, vuelve y aparece y a veces se come el resto de la luz. Fue un solo detalle pero a veces pareciera pesar más que todo. No fue la gran cosa, pero tampoco la quiero contar. Quiero creer que en los últimos años hicimos las paces y nos perdonamos los dos. Nos perdonamos algo que el otro a lo mejor nunca hizo pero nosotros creímos que sí. A veces la mente engaña tan fuerte que inventamos cosas y las volvemos nuestras verdades. Yo perdoné al abuelo por lo que creo que él hizo. Espero que él me haya perdonado por lo que sea que él haya creído que yo hice.

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Cuando me senté a escribir este texto creí que no pasaría de una hoja, máximo dos, y acá estoy evitando contar más y más historias. Cada vez aparece un recuerdo nuevo y con él colores, sabores y olores. Todos positivos. Todos hermosos.

Me descubro queriendo a un abuelo que en algún momento sentí lejano, pero nunca distante. Me descubro sorprendiéndome con el cuadro que mandó a pintar en el que estamos mis hermanos, él y yo abrazados. Un cuadro que aún sigue en la casa, en algún lado. Que a pesar de los 8 nietos que llegaron mucho tiempo después de mi hermano menor, ahí se quedó, como un trofeo a una época diferente, cuando el abuelo era más joven, menos viejo.

Recuerdo los viajes a San Rafael, un par de viajes a Santa Marta, las idas a la finca. Recuerdo su botella de Johnnie Walker sello negro cada día del padre. Recuerdo sus enormes manos que se movían tan lento y tan suave que demostraban que era él todo un contraste. Que cuando le entregaba un billete de 20 mil pesos apenas se movían y se sacudían suave mientras me decía “gracias, mijo” y volvía entonces a concentrarse en el televisor, así no viera nada.

Mi abuelo era un roble. Hasta el último día estuvo consciente y con muy buena salud. Muy pocas veces lo vi enfermo y nunca, ni siquiera la vez que le dispararon en el brazo los tipos que entraron a robar a la casa, lo vi quejarse por algo.

Para celebrar los 60 años de matrimonio con mi abuela, en 2009, volvimos con ellos a Jericó y celebramos una misa en la misma capilla en la que se casaron. Al terminar las palabras del sacerdote fue mi abuelo quien lloró. No ella.

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Acá estoy, convencido de que serían solo 2 hojas…






domingo, 3 de agosto de 2014

Aerosol

A la mañana del tercer día la despertada me dio más duro. Nada se sabía desde la vez que la vi pintando con aerosoles una pared de la vieja casa por donde pasábamos caminando cuando se nos habían acabado las cervezas y donde ella se fumó el último cigarrillo que no sabía a nada. Como el mundo, que tiene tantos sabores que ya uno no sabe qué es lo que está probando; como cuando esa vez en cine me dio por llenar el vaso con todos los sabores de gaseosa y al final la mezcla me sabía a todo y a nada al mismo tiempo.

Agarró el aerosol y se puso a pintar como lo hacía siempre. Y sus dibujos fueron los de siempre: normales; pero para mí los mejores del mundo. La aprendí a querer cuando me senté a hablar de ella y me sorprendí descubriendo un personaje que nadie más veía, solo yo. Así aprendí a quererla, como el personaje que ella misma creó para mí. O a lo mejor los dos lo creamos y ya ese lazo había quedado amarrado. El viento sopló más duro y me sacudió. No debería seguir durmiendo con la ventana abierta. Sé que me hace daño, pero cuando escapó por ahí y me dijo que quien se va por la puerta es porque en el fondo quiere regresar, decidí que iba a dejar la ventana abierta todas las noches para que se contradijera sola, como siempre lo hizo. Le faltaba fuerza a su voz cuando su cabeza la engañaba en la mitad de la frase y sabía que no iba a ser capaz de sostener lo que decía y prometía.

Anoche el frío pegó más duro. Era como si su recuerdo hubiera venido de visita. Las dos cobijas que tenía sirvieron de poco y tuve que levantarme, pero cuando me sorprendí con la manija de la ventana en la mano me quedé quieto y me regañé con un sollozo que nadie más podría haber adivinado. Hoy el sol salió más temprano que todos los días y de color verde.


El aerosol se fue acabando y el dibujo estaba perfecto. A ella no le gustaba. Nunca le gustó lo que dibujaba. Para mí era única.


martes, 15 de julio de 2014

Junio

Me enamoré de su nombre, de cómo sonaba, de cómo se movía mi boca cuando lo decía. Me enamoré de su nombre y de la sensación que me daba cada vez que lo leía, cuando aparecía por ahí sin darme cuenta; cuando me sorprendía.

Demás que me gustaban otras cosas, pero su nombre era especial. Demás que me acostumbré a leerla cuando dormía, cuando me quedaba mirándola y la llamaba en mi cabeza sin querer despertarla. Y repetía su nombre como para que no se me olvidara. Alguna vez leí que si haces algo mil veces seguidas lo vuelves automático y si lo haces un millón lo vuelves genético. No sé dónde lo habré leído y si será cierto o no. A mí no me interesaba hacerlo un millón de veces. Tampoco mil. No era necesario. No quería que fuera automático, yo quería disfrutarla hasta en esos pequeños detalles de repetir su nombre y sentir cómo me daban cosquillas en la punta de los labios con el fonema de la m.

Me levanté un domingo temprano y salí caminar por las calles viejas de Sieterríos. La poca gente que estaba despierta después de la fiesta de aniversario de los Camacho seguía bailando al ritmo de una música que había dejado de sonar desde hacía más de tres horas, cuando el discjockey de la única emisora del pueblo se había quedado dormido de puro cansancio a pesar de haber recibido el pago adelantado y duplicado para que cumpliera la orden de no dejar de poner música hasta que el último habitante de la casa se quedara dormido. Ahora no se han dado cuenta que dejó de sonar hace más de tres horas. Están tan borrachos que siguen bailando cada uno un ritmo diferente, el que suena en sus cabezas, el que cada uno se inventa. Para ellos ya la música es vaina de otros tiempos, ahora lo que importa es lo que sienten.

Los Camacho llegaron a Sieterríos cuatro años y dos noches antes de que yo llegara. Bajaron sus maletas del carro y entraron a la casa. Entonces durmieron durante una semana entera, sin salir a la calle, sin ver a nadie, sin comer nada. Dicen que llegaron huyendo, pero jamás se les ha visto una sola lágrima. No extrañan nada. Cada año celebran un aniversario que nadie sabe por qué es, pero nadie tampoco pierde la oportunidad de comer y bailar hasta que el último habitante de la casa se quede dormido.


Caminé hasta el viejo molino, doblé a la derecha y seguí hasta que mis pies tocaron el mar. Me quité los zapatos y dejé hundir mis dedos en la arena, en parte para refrescarme y en parte para enterrar recuerdos. El mar ayuda a sanar. Caminé mucho porque Sieterríos solo tiene mar en Junio.

La recordé y dije su nombre. Me volví a enamorar.


lunes, 10 de marzo de 2014

Cartas

Hace rato no escribo. Debe ser la falta de adicciones. La falta de sueño. La falta de costumbre. La falta de ella. Hermano, uno se complementa con muchas cosas pero vaya a que le falten para que vea lo que es la soledad. Es una vaina muy hijueputa.


Cartas de 1800